martes, 29 de noviembre de 2011

20 años no se cumplen todos los días!

Lo que parecía una tarde tonta en París sin más, acabó con una noche digna de las protagonistas de este blog. Milena cumplía 20 años, y nos convocó a todas en el bar de las birras 3 euros, para pasar un rato juntas. Las que pudimos, fuimos un ratito, y no estuvo mal, salvo la copa a la que la invitaron por ser la cumpleañera, que no tenía demasiada buena pinta.

Yo me tuve que ir muy prontito, pero lo que todavía no sabía es que nos volveríamos a ver las caras... Por lo que he sabido después, Ling invitó a Milena a cenar a casa las dos solas, ya que María tiene familia de visita en París, y debía ocuparse de ellos. Unas horas más tarde, hablamos por skype y decidí unirme a la post-cena. Aunque ya era tarde, todo por Milena.

Una vez allá, charlando, bebiendo vino y jugando a nuestras cosas en Skype, nos fuimos animando. María llegó de su cena por ahí, y se fue a dormir porque mañana debía madrugar, no sin antes hacer el book de fotos de rigor. Extracto:


Después de hacer el tonto un rato, y ya que era lunes, nos pusimos el pijama, los despertadores para ir a estudiar al día siguiente, y nos fuimos a lavar los dientes. Mucho rato. Con el ordenador. Combinación muy peligrosa, si la verdadera intención es la de irse a dormir.


Como tantas otras cosas últimamente, se nos fue de las manos. De las fotos pasamos al vídeo, a la música a todo taco, al secador encendido para hacer efecto viento, y a los saltos. Decidimos que, aunque debíamos parar de hacer tanto ruido, nuestra noche no tenía que terminarse ahí. Era el cumple de Milena, y veinte años sólo se cumplen una vez. Pero no podíamos arreglarnos, ni siquiera cambiarnos, porque no podíamos encender las luces ni hacer ruido. Pijama puesto y Navigo (el billete de transporte) en mano, y, eso sí, bien abrigadas, salimos a la calle a ver qué aventura nos esperaba en la cuidad de la luz, vacía, un lunes por la noche. 

En realidad, no necesitamos mucho: nosotras llevamos la fiesta allá donde vamos. Subimos al autobús, tal y como las señales nos mostraron que debíamos hacer, y luego a otro que nos llevase al centro. Todavía sin saber dónde nos bajaríamos, pasamos por al lado de la casa de unos "amigos" con los que teníamos algunas cuentas pendientes. Justo antes de que cerrasen la puerta del autobús, salimos corriendo, teniendo todas la misma idea en mente. Ahí nos tocó correr, como dice Ling, nuestros vecinos del entresuelo (entre el suelo y la pared, es donde duermen), se habían despertado con nuestros gritos de "necesito descargar la energía acumulada después de tanto estudio", y huímos de allí antes de que les diese tiempo a levantarse. 

Conseguimos evitar las ratas, que cruzaban las calles a toda velocidad, dejándonos cada vez menos opciones de recorrido, ya que el principio vital de Ling es "no pasaré por allá donde una rata haya pasado ante mis ojos". Rollo laberinto, y dando una vuelta considerable, llegamos a casa de los susodichos, picamos a su timbre con toda la intensidad que permitía el interfono, y entonces nos retiramos en silencio, pero pitando, de allí. Dimos a parar al sena, donde tocó sesión de fotos, mientras Milena se enzarzaba en una discusión con un tipo que ni la oyó. 

Llegamos al Palacio de Justicia, con una bici justo enfrente, aparcada, y que las tres intentamos si por arte de magia se quitaba el candado sin tocarlo y podíamos llevárnosla, pero fue que no. Podríamos decir que fue el momento cursi de la noche, aunque se estropeó cuando nos quedaron las manos negras y fuimos a lavarlas a la fuente, donde organizamos una batalla de agua, como si tuviéramos 6 años. Allí alguien sugirió una idea loca: "No hace nada de frío, ¿Será que no lo notamos?" Pero no, realmente París nos había preparado una noche templadita para que pudiéramos pasear bien a gusto. 

Llegamos por fin a Notre Dame, nuestro destino planeado todavía en casa con el secador en la mano. Un arbolito de navidad gigante nos dio la bienvenida con estrellas de lucecitas parpadeantes. Nos quedamos las tres enamoradas de aquel momento, y dejamos una estrellita colgada de él, una estrellita a la vez que una promesa de que volveríamos a Notre Dame, de noche y en pijama, algún día, aunque tengamos 40 años. 

Como nada podía superar eso, seguimos nuestro paseo ya satisfechas de la noche, y esquivando las ratas aparecimos, por casualidad, como siempre, en la parada de autobús de nuestro querido N13, que cogimos a la vez que dábamos por terminada la aventura. 

Los transeúntes que cogen el autobús por la noche agradecen siempre con aplausos o miradas complacientes nuestras serenatas a tres (o a cuatro), mientras vamos hacia casa. Ayer, no fue menos, así que, mientras estábamos en pleno concierto, al autobusero le agarró un flikiti de frenos, y pegamos un frenazo que tuvo los siguientes efectos: 

- Milena le quitó el sitio a Ling al correrse medio metro hacia adelante
- Ling me quitó el sitio a mí al correrse medio metro hacia adelante
- Yo me corrí medio metro hacia adelante. No había más asientos. Me caí al suelo
- El resto del autobús se partió de risa, algunos nos pidieron autógrafos y todo. 

Después del golpe que me metí, el sentimiento jurídico desarrollado a lo largo de estos años de carrera afloró en nosotras, despertando la inquietud por saber qué pasaría si pusiéramos una demanda a la Administración por un funcionamiento anormal de los servicios públicos. De allí pasamos a pensar cómo timar a las empresas de seguros teniendo "accidentes" con los coches que se saltan los rojos (aquí en París, lo tienen mal aprendido, se piensan que el rojo es que se puede pasar, nos forraríamos con las indemnizaciones), y de allí nos bajamos, directas para casa, y pensando cómo podíamos cocinar algo sin hacer ruido. 

Por suerte, quedaban frankfurts, ensalada, queso y palitos de cangrejo. Qué mejor resupó? Las tres sentadas en el suelo de la cocina nos pusimos las botas, nos volvimos a lavar los dientes, y nos fuimos a dormir. 


domingo, 27 de noviembre de 2011

De noche todos los gatos son pardos

Por fin, nos merecíamos esa nochecita de MPP, mantita, peli y palomitas... Aunque en mi caso era sopita. Timotei estaba malita, y todo apuntaba a que sería una noche muy tranquila. Yo en pijama, despertadores puestos a las 9 para estar a las diez estudiando en la residencia, y las cervezas en la nevera para la próxima soirée. Es verdad que "esta semana hemos salido bien poco", se comentaba. Cornflakes aprovechó el ratito para subir fotos desde facebook, y hablar con quien hubiera conectado mientras preparábamos todo. 

Pijin saludó a Conrflakes, no sin los habituales malentendidos, y preguntó qué haríamos le soir, que para nosotras ya podíamos decir que era noche cerrada, y antes que diera tiempo a decir nuestro plan sanito, él ya había dejado ir lo que enseguida vimos era la proposición a la perdición (de esa noche), "yo salgo con un amigo por st.germain de près, al bar Chez George, lo conocéis, ¿no? ¿Os queréis venir?"

Nosotras, sin embargo, intentamos resistir, diciendo que todavía teníamos que cenar (por no hablar de vestirnos, pintarnos, y otras imposiciones misógenas con las que en el fondo disfrutamos las chicas). Pero, ¡cómo son los parisinos, siempre se salen con la suya! Así que decidimos que, a pesar de que no había habido señales que apuntaran a que salieramos, tampoco las había habido para lo contrario, y también sabíamos que Chez George era un disparo seguro, y por lo que parece, la compañía también lo es. 

Nos tomamos las cosas con calma: un par de tortillas para las que no habían cenado todavía, cuatro horas y media para elegir la ropa, intentos fallidos de maquillaje (yo no sabía que aparentar que acababas de volver de República Dominicana no estaba de moda). Podría parecer que después de tantos preparatorios, íbamos las tres como 3 diosas de la noche, pero puedo asegurar que no era así: el forro polar del uniforme del cole, los clínex bien a mano, y con pelos sucios, no era lo más agradable que te puedas echar a la cara. Sin embargo, sabias palabras de Cornflakes, si tienes la autoestima bien alta, te ven más guapa. Puede ser. 

Una vez cruzamos el umbral de casa, entonces nos entraron las prisas. Por ejemplo, pasamos por al lado de dos melindas y no me dejaron estarme un ratito con ellas. Subimos al metro, botellas de cerveza en mano, como buenas niñas finas de Barcelona de viaje en Paris, aunque no las sacamos delante de un niño de 8 años que teníamos delante, sino que esperamos a que se bajara para beber. Por querer dar buen ejemplo, y porque entró una especie de modelo altísima, rubísima, e idiota, nos distrajimos y nos pasamos la parada. Como todavía nos quedaba cerveza, correr en la parada siguiente para dar la vuelta y cambiar de andén fue divertidísimo, porque la espuma rebosaba, y si ya olíamos a cerveza, eso fue ya el laisse tomber de ir guapa esa noche.

Finalmente, y contra todo pronóstico, llegamos a Chez George, y junto con nuestro amigo estaba ya Larousse, toda feliz, y el nuevo amigo parisino. No quiero ser demasiado optimista, pero esto ya parece una colla de chicos y chicas españoles y franceses. ¡Hurra! 

El resto de la noche transcurrió sin ningún hito destacable, más que las escuetas apariciones en escena de Algodoncito de Azúcar o Borjamari en el bar. Sin embargo, hay una anécdota que debe quedar escrita para pasar a la posteridad: Chez George era un infierno de gente. Ya sabemos que los sábados se peta, y por eso evitamos ir, pero ayer las circunstancias nos abocaron a ello. Entre tanta marabunta, justo a nuestro lado había una mesita con una botella de champagne y dos bolsas de patatas. La botella fue vacíandose a lo largo de la noche; no así las patatas, aunque sí una de ellas fue abierta. Habían pasado horas y horas desde que habíamos llegado, y pensé que sus dueños ya no estarían allí, o que estarían distraídos bailando, que para eso vas al bar. Para hacer la prueba, antes de cometer el delito, le di un empujoncito a la bolsa hacia mí, a ver si alguien se daba cuenta. No vi a nadie, pero automáticamente la bolsita volvió a su posición inicial. Muerta de vergüenza, agarré a Timotei como pude y le conté la historia. Ella, ni corta ni perezosa, va al propietario de las patatas y le pregunta si se las puede regalar, ya que su amiga (yo) no había cenado. Ahí ya sí me quería morir. Desaparecí entre la gente y, aunque ellas se hicieron finalmente amigas del chico, yo no lo volví a mirar en toda la noche. 

La siguiente escena digna de contar fue una vez en el autobús de vuelta, conseguimos tres asientos atrás de todo juntas, todo un éxito de noche. Mientras cada una nos contábamos las penas, y Timotei nos consolaba al ritmo que se sonaba los mocos, entraron dos focas dignas de ver: 

Dos mujeres de color, gooordas (y yo soy muy precavida a la hora de utilizar este término), con los labios que parecía que los pinchabas con una aguja y se deshinchaban. Llevaban las dos un mono negro transparente, que además de enseñar el sujetador con toda claridad, también remarcaba un par de michelines (más bien michelos, porque no tenían nada de diminutivo), el ombligo, un tatuaje en cada una de las dos rebosantes tetas, y por suerte no puedo hablar de la parte de abajo porque el asiento me tapaba. Estos autobuses tan modernos, lo tienen todo calculado, menos mal. Era para hacer una foto y colgarla en la nevera como ayuda para adelgazar.

Nuestra cara cambió a modo asco, casi sin darnos cuenta, automáticamente. Ellas empezaron a reírse de nosotras, hablando en francés pensando que no las entendíamos, y nosotras nos quedamos bien agusto criticándolas en su cara, sabiendo que no nos entendían. Hubo un momento en que me hicieron enfadar, así que como ellas estaban hablando de que nos reíamos, yo les dije que nos reíamos porque teníamos ganas de vomitar. La pena fue que las siguientes palabras no me salieron de la boca, y mira que las tenía pensadas. Quería decirles "je rigole parce que nous avons envie de vomir depuis qu'on vous a vues". Pero, por la razón que fuera, no lo pude decir. 

Llegadas a casa, no sé qué hicieron mis collocataires, porque yo me metí debajo de mi enorme manta (cuando duermo en mi 2a casa duermo en una cama gigante para mí sola con muchos cojines y una manta también muy grande), y después de reflexionar un poco, comencé mi labor de investigación privada. Cualquier día empezaré a cobrar por ello. En fin, una buena noche. 


Contador: 4

sábado, 26 de noviembre de 2011

Donde las dan las toman


Podríamos decir que el hambre que teníamos tuvo que ver con todo esto... Pero en el fondo, si puedes quedarte a gusto fastidiando a alguien, que encima lo más probable es que no lo note, ¿por qué no? 

La santa de Larousse nos trajo comiditas ricas para cenar ayer por la noche, después de una intensa y fructífera tarde de estudio, sólo interrumpida por el momento de servir el té, y para buscar alguna palabra en el diccionario. Así que, sin perder un minuto, fuimos a la cocina y abrimos corriendo los paquetes de pizza, lasaña y croque-monsieur. A un paso del horno, una alemana bruta se nos coló, con toda la cara, abriendo la puerta del horno e introduciendo una olla gigante con lo que a mí me pareció choucroute, que nunca he visto en la realidad, pero siempre que he oído hablar, me lo he imaginado así.

Nuestras caras no podían dar más penita... pero yo, con el optimismo exagerado que siempre llevo encima, fui a mirar a la otra cocina, por si estaba libre el otro horno. ¡Sorpresa! Una cena para prácticamente todo el piso (salvo yo, claro) estaba cociéndose (en ambos sentidos de la palabra) en la cocina grande. Más por justificar mi entrada que por averiguar lo que ya me temía, me fijé en el horno ocupado por bolas de carne picada, a las que me referiré como pelotillas por lo gracioso del nombre y porque parece que le da un sentido despectivo, que ya va bien. 

Volví a nuestra pequeña reunión à quatre en la cocina pequeña, y les conté lo que ya imaginaban. Pero no parecía importarles tanto. De hecho, el hambre parecía haber reducido el nivel, como cuando tomas un par de amuse-bouche (término francés para aperitivo, pero que literalmente significaría distrae-boca). Los tenedores estaban usados. What the fuck? Con un minuto más en la cocina me bastó para entender que esta vez, nuestra pequeña venganza consistiría en reducir el tamaño del contenido de esa olla choucrutesca, que resultó ser, o al menos a ojos de mis amigas, puré de patata sin más. (por asqueroso que quede, tengo que precisar que lo probé y lo escupí. Sería puré, pero seguía siendo alemán). 

Tuve que salir a hacer algo que no recuerdo, y para cuando volví a entrar, el método ya había sido perfeccionado: una de las nuestras esperaba en la puerta, y si veía llegar a la alemana bruta, entraba "disimulando" en la cocina para avisar al resto que se apartasen del horno. Y pongo "disimulando" entre comitas porque, para cuando volví de visitar la cocina grande para meterles prisa a la reunión de alemanes, la alemana bruta y yo coincidimos en el pasillo, y tuve el grandioso placer de ver a Larousse haciendo su entrada triunfal en la cocina, partiéndose tanto como la que más, y yendo directa a la ventana, a disipar sus carcajadas hacia afuera, mientras que las otras dos casi lloraban de la risa, eso sí, cada una colocada en su silla y masticando con la boca cerrada, para que no se notara. 

A mí también me cogió la risa, especialmente cuando la alemana bruta abrió el horno, observó claramente que su choucroute había menguado y que, por si acaso quedaba alguna duda de una intervención foránea en sus cocinitas, había quedado una bola de puré en la puerta del horno, que había caído al servirse mis amigas con el tenedor, y se había enganchado asquerosamente en la puerta. Su cara era un poema. Pero no le hizo falta preguntarnos nada, ni siquiera mirarnos. Larousse ya se había enfrentado a ella hacía un rato, al decirle que si le faltaba mucho, porque nosotras queríamos usar el horno antes que ella. Por no hablar de que estaban utilizando los dos a la vez. Así que creo que vio enseguida que no tenía nada que preguntar, y que llevaba las de perder en caso de pelea.

No tardaron mucho en venir a buscar la olla para llevársela, seguramente por miedo a quedarse sin cena kartóffenesca. Nosotras pusimos nuestra pizza y lasaña en el horno, todavía con hambre, pero más contentas sabiendo que su choucroute llevaría babas españolas que suavizarían el sabor alemán de su cena. 

La cena transcurrió sin más aventuras, escuchando música y riendo en buena compañía. Los alemanes no molestaron más. No, miento. Yendo ya hacia la habitación, nos cruzamos con el cabecilla de la banda. Crucé los dedos para que no viera en que puerta entrábamos (soy yo la que vive ahí), y pensé "qué suerte" al ver que pasaba de largo. Pero al oír cómo introducíamos la llave, se giró, nos miró, y se quedó con el número de mi habitación. Oh no... 



Contador: 1 

viernes, 25 de noviembre de 2011

La venganza es un plato que se sirve frío... Y con palmas!

                          
Desafiando al destino, después de perder la tarjeta-llave de la habitación, y después de los comentarios de la gente entre la que pasaba corriendo para llegar al restaurante "Il est trop tard, faut rentrer!", me arriesgué a llegar a cenar con mis amigas. Los camareros con el "coeur rechauffé" estaban contentos de servirnos, aunque eso fue porque no sabían de nuestras travesuras jujuju (al devolver un plato que no habíamos pedido, el pobre camarerito de origen magrebí cometió el error de darse la vuelta... Cuando volvió a mirar  casi no quedaban patatas en el plato)

Después de cenar en aquél lugar, al que volveremos: toda la sala para nosotras, música sugerente, baratito, y la cenita pas mal, fuimos a nuestro bar, Chez Georges, para variar. Aunque esta vez era jueves (nuestro día de salir es el miércoles), y ¡hay que ver cómo se llena! Una pareja que recién debía de haber comenzado las clases de baile de salón, porque se pensaban que toda la sala era para ellos porque bailaban juntos, un pobre francés borrachín subido en el banco y agarrado al techo bailando "a su estilo", otra pareja a la que no le llega el dinero para un hotel, y tienen que ir a darse el lote al bar de la esquina, un ménage a trois, disimulado, pero claro de todas maneras, formado por un par de viejales y una chica joven, (¿cómo era? ¿la prima?) Bueno, el camarero pilipino de siempre, esta vez más simpático de costumbre, que nos vació la mesa de gabachos para que cupiésemos todas. Él ya debía de saber que ésa era la noche de la venganza. Y claro, como no es francés, para él igual tortura es la de cada noche que la de ayer: 

El gordito DJ estuvo encantado cuando me subí al banco para pedirle un poco de músiquita española... Enseguida terminó el rollo judío de cada noche (Tel Aviv, y derivados) para sonar con todo su esplendor un seguido de Sevillanas, que a ratos no se oían de las palmas, olés y zapateados nuestros. Durante la primera canción, todo el bar nos miró con simpatía, como a las niñitas españolas que se ponen contentas porque les ponen su música. A partir de la sexta sevillana seguida, aunque nosotras no habíamos reconocido todavía ninguno de los temas, nuestro ruido, igual que la música, empezó a cansarles. Algunos abandonaban el bar, otros nos miraban, ¡ingenuos!, pensando que su miradas a lo mejor hacían que le dijésemos al DJ que ya estaba bien por hoy. Nosotras disfrutábamos cada palma, y si les molestaba, todavía más. Hartas estábamos de sus canciones judías, de sus empujones y pisotones, de que ocupasen todo nuestro bar, y en general, de ellos, de los franceses toca narices con los que nos toca lidiar todos los días. 

Unos últimos temas llena pistas, y nos fuimos para casa, contentas de la venganza y de que nos hubiesen tenido en cuenta, además de las patatitas a las que nos invitaron. 


Contador: 1 
(por llevarme la contraria, lo que sea)

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Si la vida de da limones, haz limonada. Pero, ¿y si te da pomelos?

Esta noche será espectacular: según mi teoría basada en la inducción, si la mañana fue un absoluto desastre, el mediodía podía haber ido peor, y se anuló la clase de la tarde... Es que el día acabará super bien! 

Me he dado cuenta de que este blog tiene muchos números de acabar siendo una recopilación de quejas, ya que me paso el día diciendo que escribiré una carta al director del periódico por tal o tal otro tema, y todo el mundo sabe que no lo haré. Aunque también podría terminar actuando de diario, y eso sería penoso. Así que me limitaré, al menos por hoy, a contar la experiencia del pomelo, que es una gran metáfora de la vida, como sólo algunos conseguirán ver. 

Entrando en la cafetería, con esa mezcla de miedo y asco que nos invade cada vez que aparece el hambre y quiere decir que toca comer, enseguida he visto como entrante el pomelo (entre otras cosas), y con cara de asco se lo he avisado a mi gran amiga M.G., que ha malinterpretado la cara y ha pensado que me refería a que qué original. Harta de las ensaladas envasadas o similar, ha cogido toda ilusionada su medio pomelo (¡no nos pasemos!) y lo ha puesto en su bandeja. Me he sentido un poco "especialita" con la comida, ¡mira que no considerar el pomelo como un apetitoso entrante normal! Después de tomar nuestro respectivo plato principal, M.G se queda mirando el pomelo... .... Sí, realmente, el pomelo le llamó la atención por original, quizá por el color rosa brillante que tenía... Pero no tenía ni idea de cómo comerlo, en caso de que eso sea posible. 
Haz una cosa!


Finalmente, hemos decidido que exprimirlo sería la mejor opción, así que con un poco de azúcar, ha/hemos marraneado un poco, aquello parecía una medicina, pero ha quedado como un zumo de naranja, pero más amargo. Eso, el jugo. La pulpa, ha quedado un poco fea, y más cuando M.G. ha sugerido la idea de chupar de ahí lo que quedase. 

Bueno, cabe mencionar que, después  de 4 horas y media de clase de Dictation, esta vez sin interrupciones epilépticas, son comprensibles, y hasta deseables, estos lapsus. 

Una última cosa, voy a hacer recuento de las personas de cierto color (no diré cuál) que son desagradables conmigo. Aunque nunca sabré el número exacto, porque desde que llegué a Paris ya han sido muchas las que han entrado, molestado, y salido de mi vida, las contaré a partir de ahora. 

Contador: 1

martes, 22 de noviembre de 2011

Comme début...

Le soir, Marie est venue me chercher et m'a demandé si je voulais me marier avec elle. J'ai dit que cela m'était égal et que nous pourrions le faire si elle le voulait. Elle a voulu savoir alors si je l'aimais. J'ai répondu comme je l'avais déjà fait une fois, que cela ne signifiait rien mais que sans doute je ne l'aimais pas. "Pourquoi m'épouser alors?" a-t-elle dit. Je lui ai expliqué que cela n'avait aucune importance et que si elle le désirait, nous pouvions nous marier. D'ailleurs, c'était elle qui le demandait et moi je me contentais de dire oui. Elle a observé alors que le mariage était une chose grave. J'ai répondu : "Non." Elle s'est tue un moment et elle m'a regardé en silence. Puis elle a parlé. Elle voulait simplement savoir si j'aurais accepté la même proposition venant d'une autre femme, à qui je serais attaché de la même façon. J'ai dit : "Naturellement." Elle s'est demandé alors si elle m'aimait et moi, je ne pouvais rien savoir sur ce point. Après un autre moment de silence, elle a murmuré que j'étais bizarre, qu'elle m'aimait sans doute à cause de cela mais que peut-être un jour je la dégoûterais pour les mêmes raisons. Comme je me taisais, n'ayant rien à ajouter, elle m'a pris le bras en souriant et elle a déclaré qu'elle voulait se marier avec moi. J'ai répondu que nous le ferions dès qu'elle le voudrait. Je lui ai parlé alors de la proposition du patron et Marie m'a dit qu'elle aimerait connaître Paris. Je lui ai appris que j'y avais vécu dans un temps et elle m'a demandé comment c'était. Je lui ai dit : "C'est sale. Il y a des pigeons et des cours noires. Les gens ont la peau blanche."


Albert Camus, ''L'étranger''