Desafiando al destino, después de perder la tarjeta-llave de la habitación, y después de los comentarios de la gente entre la que pasaba corriendo para llegar al restaurante "Il est trop tard, faut rentrer!", me arriesgué a llegar a cenar con mis amigas. Los camareros con el "coeur rechauffé" estaban contentos de servirnos, aunque eso fue porque no sabían de nuestras travesuras jujuju (al devolver un plato que no habíamos pedido, el pobre camarerito de origen magrebí cometió el error de darse la vuelta... Cuando volvió a mirar casi no quedaban patatas en el plato)
Después de cenar en aquél lugar, al que volveremos: toda la sala para nosotras, música sugerente, baratito, y la cenita pas mal, fuimos a nuestro bar, Chez Georges, para variar. Aunque esta vez era jueves (nuestro día de salir es el miércoles), y ¡hay que ver cómo se llena! Una pareja que recién debía de haber comenzado las clases de baile de salón, porque se pensaban que toda la sala era para ellos porque bailaban juntos, un pobre francés borrachín subido en el banco y agarrado al techo bailando "a su estilo", otra pareja a la que no le llega el dinero para un hotel, y tienen que ir a darse el lote al bar de la esquina, un ménage a trois, disimulado, pero claro de todas maneras, formado por un par de viejales y una chica joven, (¿cómo era? ¿la prima?) Bueno, el camarero pilipino de siempre, esta vez más simpático de costumbre, que nos vació la mesa de gabachos para que cupiésemos todas. Él ya debía de saber que ésa era la noche de la venganza. Y claro, como no es francés, para él igual tortura es la de cada noche que la de ayer: El gordito DJ estuvo encantado cuando me subí al banco para pedirle un poco de músiquita española... Enseguida terminó el rollo judío de cada noche (Tel Aviv, y derivados) para sonar con todo su esplendor un seguido de Sevillanas, que a ratos no se oían de las palmas, olés y zapateados nuestros. Durante la primera canción, todo el bar nos miró con simpatía, como a las niñitas españolas que se ponen contentas porque les ponen su música. A partir de la sexta sevillana seguida, aunque nosotras no habíamos reconocido todavía ninguno de los temas, nuestro ruido, igual que la música, empezó a cansarles. Algunos abandonaban el bar, otros nos miraban, ¡ingenuos!, pensando que su miradas a lo mejor hacían que le dijésemos al DJ que ya estaba bien por hoy. Nosotras disfrutábamos cada palma, y si les molestaba, todavía más. Hartas estábamos de sus canciones judías, de sus empujones y pisotones, de que ocupasen todo nuestro bar, y en general, de ellos, de los franceses toca narices con los que nos toca lidiar todos los días.

Recuerdo la noche en que perdiste la tarjeta!
ResponderEliminarAl leerte me parece estar allí contigo, sigue este blog Nina, es literatura para mi, como nuestros correos y sms...
Que bueno "verte" bailar sevillanas!
Pero yo os habría puesto un par como máximo :P
Sigo con las otras entradas, que no sabía que lo tenías tan activo, no avisa de nada...estoy mal ocustumbrado por el face...