lunes, 16 de julio de 2012

Donde fueres, haz lo que vieres... y si te gusta, impórtalo

Bueno, los ánimos vuelven a reflotar, parece que no está todo perdido. Se puede vivir en Barcelona, volver a la vida real, y aún así que se te vaya la olla de vez en cuando, a la parisina. O mejor dicho, a la ''erasmus paris 2011-2012''. Y es que el café de aburrimiento de media tarde puede terminar de la manera más inesperada si se enciende la bombilla a tiempo. 

En el Starbucks y, cómo no, en nuestro minuto de recuerdo a huevo, recordamos que la huevita tenía pendiente enviar fotinhos a su amado en París, así que hay que hacerlas, a pesar de que la bb ya trae algunos buenos retratos de paisajes en la costa brava y de barcelona. Aún así, ¿por qué no sacar alguna de esta tarde apacible? Pues porque en realidad, lo que le apetece a Mile es escuchar su voz, quiere llamarlo. Pero no puede ser en medio de muntaner con travesera, en el pleno meollo de coches, motos y ambulancias. Pero en su casa está su mamá, eso inhibe a cualquiera. Y en casa de la amiga, siempre hay gente pululando... Necesitamos un sitio tranquilo: 

Hay que pagar ya el batido y el zumo, porque nos vamos en la Jog uniplaza sin faro ni retrovisor al Tibidabo. No sin antes pasar por casa a por la botella de vin rouge de rigor, el abridesto (tirebouchon) y un par de cascos y cazadoras. Y el tabaco de liar. 

Tras unas cuantas paradas en la acera para pensar el camino, emprendemos la carretera de las curvas para llegar hasta el aparcamotos, al pie del tibidabo. Allí, empezamos la excursión a pie, parando de vez en cuando para sacar fotos de Barcelona a vista de pájaro. La sensación de felicidad era máxima, por el sentimiendo de libertad, de petite follie, de tarde a la parisina. Subimos durante unos cuantos minutos, y parecía que habíamos encontrado el replano perfecto para sentarnos a disfrutar de nuestra idea... Pero estaba a varios metros sobre el suelo, y sólo se podía acceder escalando. Yo llevaba ventaja, porque hice escalada en Ortigueira, para poder ir a los lavabos. Milena, en cambio, se puso el casco, medio por protegerse la tête, medio por evitar que volviese a caer desde tan arriba, rodando, hasta casi el Canigó. Parecía la hormiga atómica. 

Después algunos pasos en falso, nos acomodamos, abrimos la botella, liamos un par de clopes, y ponemos música. Vemos atardecer, muy despacio. 

Cuando empieza a hacerse oscuro, más o menos a 3/4 de la botella, volvemos a bajar, siempre con nuestra máxima moi en soirée je bois de l'eau, aunque quizá a algunos decibelios de más, porque una chica nos miró raro... 

Durante un rato de la bajada fuimos los jinetes del bando contrario, y estábamos dispuestos a acabar con los barceloneses al galope. Después, cogimos la moto, y bajamos, por la derecha, es decir, siguiendo las normas de circulación, pero cantando a todo volumen Mais que nada y Boooooomba, movimiento sensual incluido. 

Ya eran más de las nueve, así que no podía cenar en casa, y decidimos ir a picar algo, dejando la moto primero en casa, ya estaba muy bien haber llegado sanas y salvas a Aribau, no había porque seguir forzando la buena suerte. 

Pero... más que un bocata, lo que entraban eran unos chupitos... Nuestro ángel de la guarda quiso que el Spit Chupitos estuviese todavía cerrado, así que cayó medio showarma y media cocacola por cabeza, o mejor dicho un demi kebab et un demi coca, ya que, después de una soirée tan afrancesada, no cabía menos que hablar en francés entre nosotras. La cosa se nos fue de las manos, porque acabamos entrando en el bar de chupitos hablando en francés. 

Un semáforo, un peta zeta, un eucalipto... Un par de pitis afuera y, cuando la cosa ya no daba para más... oímos hablar francés a nuestro lado. Siempre con el espíritu de ayudar que nos caracteriza, ofrecimos indicaciones a las dos francesitas y el gabacho que parecían buscar algo. Lo que buscaban era a un par de divertidas barcelonesas con las que seguir de fiesta, y las encontraron. Entramos de nuevo al bar, donde conocimos al resto de la manada, y les hicimos MDRR (morir de risa) al oírnos las expresiones más genuinas y hablando de los temas de más actualidad en la capital francesa. 

Con la sensación de haber aprovechado a más no poder la noche, y con la satisfacción de saber que el Erasmus no ha terminado todavía, o como mínimo, siempre nos quedaría el espíritu entre nosotras dos, nos fuimos a casa como las viejis del grupo (los otros tenían todavía mucha fiesta por delante). 

No todo está perdido. 





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