domingo, 27 de noviembre de 2011

De noche todos los gatos son pardos

Por fin, nos merecíamos esa nochecita de MPP, mantita, peli y palomitas... Aunque en mi caso era sopita. Timotei estaba malita, y todo apuntaba a que sería una noche muy tranquila. Yo en pijama, despertadores puestos a las 9 para estar a las diez estudiando en la residencia, y las cervezas en la nevera para la próxima soirée. Es verdad que "esta semana hemos salido bien poco", se comentaba. Cornflakes aprovechó el ratito para subir fotos desde facebook, y hablar con quien hubiera conectado mientras preparábamos todo. 

Pijin saludó a Conrflakes, no sin los habituales malentendidos, y preguntó qué haríamos le soir, que para nosotras ya podíamos decir que era noche cerrada, y antes que diera tiempo a decir nuestro plan sanito, él ya había dejado ir lo que enseguida vimos era la proposición a la perdición (de esa noche), "yo salgo con un amigo por st.germain de près, al bar Chez George, lo conocéis, ¿no? ¿Os queréis venir?"

Nosotras, sin embargo, intentamos resistir, diciendo que todavía teníamos que cenar (por no hablar de vestirnos, pintarnos, y otras imposiciones misógenas con las que en el fondo disfrutamos las chicas). Pero, ¡cómo son los parisinos, siempre se salen con la suya! Así que decidimos que, a pesar de que no había habido señales que apuntaran a que salieramos, tampoco las había habido para lo contrario, y también sabíamos que Chez George era un disparo seguro, y por lo que parece, la compañía también lo es. 

Nos tomamos las cosas con calma: un par de tortillas para las que no habían cenado todavía, cuatro horas y media para elegir la ropa, intentos fallidos de maquillaje (yo no sabía que aparentar que acababas de volver de República Dominicana no estaba de moda). Podría parecer que después de tantos preparatorios, íbamos las tres como 3 diosas de la noche, pero puedo asegurar que no era así: el forro polar del uniforme del cole, los clínex bien a mano, y con pelos sucios, no era lo más agradable que te puedas echar a la cara. Sin embargo, sabias palabras de Cornflakes, si tienes la autoestima bien alta, te ven más guapa. Puede ser. 

Una vez cruzamos el umbral de casa, entonces nos entraron las prisas. Por ejemplo, pasamos por al lado de dos melindas y no me dejaron estarme un ratito con ellas. Subimos al metro, botellas de cerveza en mano, como buenas niñas finas de Barcelona de viaje en Paris, aunque no las sacamos delante de un niño de 8 años que teníamos delante, sino que esperamos a que se bajara para beber. Por querer dar buen ejemplo, y porque entró una especie de modelo altísima, rubísima, e idiota, nos distrajimos y nos pasamos la parada. Como todavía nos quedaba cerveza, correr en la parada siguiente para dar la vuelta y cambiar de andén fue divertidísimo, porque la espuma rebosaba, y si ya olíamos a cerveza, eso fue ya el laisse tomber de ir guapa esa noche.

Finalmente, y contra todo pronóstico, llegamos a Chez George, y junto con nuestro amigo estaba ya Larousse, toda feliz, y el nuevo amigo parisino. No quiero ser demasiado optimista, pero esto ya parece una colla de chicos y chicas españoles y franceses. ¡Hurra! 

El resto de la noche transcurrió sin ningún hito destacable, más que las escuetas apariciones en escena de Algodoncito de Azúcar o Borjamari en el bar. Sin embargo, hay una anécdota que debe quedar escrita para pasar a la posteridad: Chez George era un infierno de gente. Ya sabemos que los sábados se peta, y por eso evitamos ir, pero ayer las circunstancias nos abocaron a ello. Entre tanta marabunta, justo a nuestro lado había una mesita con una botella de champagne y dos bolsas de patatas. La botella fue vacíandose a lo largo de la noche; no así las patatas, aunque sí una de ellas fue abierta. Habían pasado horas y horas desde que habíamos llegado, y pensé que sus dueños ya no estarían allí, o que estarían distraídos bailando, que para eso vas al bar. Para hacer la prueba, antes de cometer el delito, le di un empujoncito a la bolsa hacia mí, a ver si alguien se daba cuenta. No vi a nadie, pero automáticamente la bolsita volvió a su posición inicial. Muerta de vergüenza, agarré a Timotei como pude y le conté la historia. Ella, ni corta ni perezosa, va al propietario de las patatas y le pregunta si se las puede regalar, ya que su amiga (yo) no había cenado. Ahí ya sí me quería morir. Desaparecí entre la gente y, aunque ellas se hicieron finalmente amigas del chico, yo no lo volví a mirar en toda la noche. 

La siguiente escena digna de contar fue una vez en el autobús de vuelta, conseguimos tres asientos atrás de todo juntas, todo un éxito de noche. Mientras cada una nos contábamos las penas, y Timotei nos consolaba al ritmo que se sonaba los mocos, entraron dos focas dignas de ver: 

Dos mujeres de color, gooordas (y yo soy muy precavida a la hora de utilizar este término), con los labios que parecía que los pinchabas con una aguja y se deshinchaban. Llevaban las dos un mono negro transparente, que además de enseñar el sujetador con toda claridad, también remarcaba un par de michelines (más bien michelos, porque no tenían nada de diminutivo), el ombligo, un tatuaje en cada una de las dos rebosantes tetas, y por suerte no puedo hablar de la parte de abajo porque el asiento me tapaba. Estos autobuses tan modernos, lo tienen todo calculado, menos mal. Era para hacer una foto y colgarla en la nevera como ayuda para adelgazar.

Nuestra cara cambió a modo asco, casi sin darnos cuenta, automáticamente. Ellas empezaron a reírse de nosotras, hablando en francés pensando que no las entendíamos, y nosotras nos quedamos bien agusto criticándolas en su cara, sabiendo que no nos entendían. Hubo un momento en que me hicieron enfadar, así que como ellas estaban hablando de que nos reíamos, yo les dije que nos reíamos porque teníamos ganas de vomitar. La pena fue que las siguientes palabras no me salieron de la boca, y mira que las tenía pensadas. Quería decirles "je rigole parce que nous avons envie de vomir depuis qu'on vous a vues". Pero, por la razón que fuera, no lo pude decir. 

Llegadas a casa, no sé qué hicieron mis collocataires, porque yo me metí debajo de mi enorme manta (cuando duermo en mi 2a casa duermo en una cama gigante para mí sola con muchos cojines y una manta también muy grande), y después de reflexionar un poco, comencé mi labor de investigación privada. Cualquier día empezaré a cobrar por ello. En fin, una buena noche. 


Contador: 4

2 comentarios:

  1. Asi me gusta responsable,serena, con la cabeza fría y buena embajadora de tu casa.

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  2. Buena aventura digna de ti!

    "...Pero, ¡cómo son los parisinos, siempre se salen con la suya!..."

    Que queee?!?!

    Aix, aix....que em fas petir...

    Investigadora privada...?ya me explicarás pequeña Sherlock ;)

    Bueno lo de los nombres en clave.

    Y como siempre, la realidad supera a la ficción. No hay como leerse un libro de historia como si fuera de ficción, fascinante!

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