La santa de Larousse nos trajo comiditas ricas para cenar ayer por la noche, después de una intensa y fructífera tarde de estudio, sólo interrumpida por el momento de servir el té, y para buscar alguna palabra en el diccionario. Así que, sin perder un minuto, fuimos a la cocina y abrimos corriendo los paquetes de pizza, lasaña y croque-monsieur. A un paso del horno, una alemana bruta se nos coló, con toda la cara, abriendo la puerta del horno e introduciendo una olla gigante con lo que a mí me pareció choucroute, que nunca he visto en la realidad, pero siempre que he oído hablar, me lo he imaginado así.
Nuestras caras no podían dar más penita... pero yo, con el optimismo exagerado que siempre llevo encima, fui a mirar a la otra cocina, por si estaba libre el otro horno. ¡Sorpresa! Una cena para prácticamente todo el piso (salvo yo, claro) estaba cociéndose (en ambos sentidos de la palabra) en la cocina grande. Más por justificar mi entrada que por averiguar lo que ya me temía, me fijé en el horno ocupado por bolas de carne picada, a las que me referiré como pelotillas por lo gracioso del nombre y porque parece que le da un sentido despectivo, que ya va bien.
Volví a nuestra pequeña reunión à quatre en la cocina pequeña, y les conté lo que ya imaginaban. Pero no parecía importarles tanto. De hecho, el hambre parecía haber reducido el nivel, como cuando tomas un par de amuse-bouche (término francés para aperitivo, pero que literalmente significaría distrae-boca). Los tenedores estaban usados. What the fuck? Con un minuto más en la cocina me bastó para entender que esta vez, nuestra pequeña venganza consistiría en reducir el tamaño del contenido de esa olla choucrutesca, que resultó ser, o al menos a ojos de mis amigas, puré de patata sin más. (por asqueroso que quede, tengo que precisar que lo probé y lo escupí. Sería puré, pero seguía siendo alemán).
Tuve que salir a hacer algo que no recuerdo, y para cuando volví a entrar, el método ya había sido perfeccionado: una de las nuestras esperaba en la puerta, y si veía llegar a la alemana bruta, entraba "disimulando" en la cocina para avisar al resto que se apartasen del horno. Y pongo "disimulando" entre comitas porque, para cuando volví de visitar la cocina grande para meterles prisa a la reunión de alemanes, la alemana bruta y yo coincidimos en el pasillo, y tuve el grandioso placer de ver a Larousse haciendo su entrada triunfal en la cocina, partiéndose tanto como la que más, y yendo directa a la ventana, a disipar sus carcajadas hacia afuera, mientras que las otras dos casi lloraban de la risa, eso sí, cada una colocada en su silla y masticando con la boca cerrada, para que no se notara.
A mí también me cogió la risa, especialmente cuando la alemana bruta abrió el horno, observó claramente que su choucroute había menguado y que, por si acaso quedaba alguna duda de una intervención foránea en sus cocinitas, había quedado una bola de puré en la puerta del horno, que había caído al servirse mis amigas con el tenedor, y se había enganchado asquerosamente en la puerta. Su cara era un poema. Pero no le hizo falta preguntarnos nada, ni siquiera mirarnos. Larousse ya se había enfrentado a ella hacía un rato, al decirle que si le faltaba mucho, porque nosotras queríamos usar el horno antes que ella. Por no hablar de que estaban utilizando los dos a la vez. Así que creo que vio enseguida que no tenía nada que preguntar, y que llevaba las de perder en caso de pelea.
No tardaron mucho en venir a buscar la olla para llevársela, seguramente por miedo a quedarse sin cena kartóffenesca. Nosotras pusimos nuestra pizza y lasaña en el horno, todavía con hambre, pero más contentas sabiendo que su choucroute llevaría babas españolas que suavizarían el sabor alemán de su cena.
La cena transcurrió sin más aventuras, escuchando música y riendo en buena compañía. Los alemanes no molestaron más. No, miento. Yendo ya hacia la habitación, nos cruzamos con el cabecilla de la banda. Crucé los dedos para que no viera en que puerta entrábamos (soy yo la que vive ahí), y pensé "qué suerte" al ver que pasaba de largo. Pero al oír cómo introducíamos la llave, se giró, nos miró, y se quedó con el número de mi habitación. Oh no...
Contador: 1

Uf quina por.
ResponderEliminarOjo con las Tedescos que ya gasearon en su día a una raza porque no les era afín.
jajaja...!! pero si parece un capítulo del pequeño Nicolás! :)
ResponderEliminarMente criminal...jajaja!!
Desde que ganamos el mundial nos tienen más respeto!