martes, 20 de marzo de 2012

We're so cool and we know it

Esta historia es anterior a la última que he contado, pero tengo que aprovechar estos días que tengo más tiempo para ir reescribiendo nuestras anécdotas... 

Esta no tiene más que el hecho corriente y normal de llegar a la universidad a primera hora, y ver que habían "anulado" nuestra clase de la mañana (entre comillas, porque en lugar de nuestra clase lo que había era un galop d'essai, así que antes de enzarzarnos en galopar, huímos). Hicimos un poco de vida de uni: biblio, impresora, bureau... Comimos, pas mal, por cierto, y Milena se iba a casa para estudiar en vez de ir a civil, porque tenía el examen español. Yo iba a clase de medioambiente, y ¡sorpresa! tampoco hubo clase. Más tarde (ayer) supe que esa clase simplemente se estaba dando en otro aula, pero como los erasmus no tenemos derecho a saber estas cosas... Total, que ante ese sentimiento de haber perdido todo el día, enseguida nos pusimos de acuerdo en que nos merecíamos un cine. 

Además, después del empacho de Bref de los úlitmos días, no podía resultarnos difícil la comprensión de unos cuantos sketches de Jean Dujardin (recientemente oscarizado) y Gilles Lellouche (el segundo hombre más sexy sobre la faz de la tierra). Nos metimos en la sala, justo delante de una pareja de abuelitos, para molestar. Nos las tuvimos, pero Milena con su carácter Adólfico y peleón se impuso así que se cambiaron de asientos ellos en vez de nosotras. La peli empezó, y nuestras risas españolas destacaban entre las de los franceses. Quien no entienda cómo puede ser posible eso, le animo a ver este vídeo: 

Al acabar la película, Milena en shock por la última escena, nos sentíamos bastante guays, pero pensamos que por qué no creérnoslo un poquito más. Así que entramos en una de las callejuelas que dan a parar a Odéon, la "Rue de l'Ancienne Comédie" y nos gustó un bar de copas muy chic, el "Pub Saint-Germain". Nos sentaron en una de las mesas que daban a las ventanas-escaparate: claramente, para atraer a la clientela de fuera. 

Pedimos un par de mojitos, que además estaban buenísimos, y que acompañaron con unas aceitunas y unos cacahuetes. Después de un rato de charla y de planificación, empezó la operación Olivier, que terminó con las mismas dos que habíamos entrado, pero con Milena bien feliz.

Entonces, decidimos volver a casa, después de una tarde Sex and the City total, salvo que Paris en lugar de Nueva York. 

Quien la sigue la consigue

Ya han pasado algunos días, pero como ahora tengo más tiempo, no voy a dejar de escribir sobre aquella noche.

Fue la última noche con la última de mis amigas, antes de que se marchase a Barcelona, a reunirse con las otras dos para hacer un examen, y dejarme aquí sola y desamparada en la demasiado grande ciudad de Paris.

Pues bien, como suele pasar, se nos juntaron varios planes en el mismo día, así que optamos por el de más alto contenido en italianos, que suele salir bien. Fuimos a casa de mamá Martina (la llamo así porque cuida de nosotras invitándonos a soirées sanas y divertidas), eso sí, habiendo cenado poco: craso error. Conocimos a algunos alemanes (de hecho, casi más que italianos... estafa!) Pero al poco rato nos invadió el hambre e hicimos una pequeña escapada al McDonalds. Escapada que Milena, no sé pensando en qué (bueno, sí que lo sé ;) ) se encargó de comunicar a todos los presentes, y además precisando que "sí, sí que hemos cenado, pero poco". Gracias, Milena.

El rato McDo fue muy chulo porque... bueno, primero porque te sientes como en casa. Y además, porque empezamos a rajar de la alemana. Esa que no paraba de gritar en la soirée, esa que tenía cara de ensuma merda, esa que no decía nada, esa que tocaba la pandereta... Espera! Hablábamos de distintas alemanas! Cómo no... jajajajjaa Aunque a partir de allí decidimos compartir las manías, y las dos ganamos una enemiga, que siempre van bien.

Volvimos prontito a la soirée, para que todos nos preguntasen "ça va mieux?" Entonces empezamos a beber, a hablar de bref y de las muletillas que habíamos decidido incorporar a nuestro vocabulario cotidiano. Luego, cambiamos de interlocutor, y le contamos sobre bref, y sobre las muletillas que habíamos decidido incorporar a nuestro vocabulario. Y después, Federica se añadió a la conversación y le contamos sobre... lo mismo. Llegó un instante de la noche en que me pregunté cómo había podido estar tan ciega todo este tiempo, sin ver que Milena era mi alma gemela: nos complementábamos las frases, si a una no le salía una palabra, la decía la otra (sin haberla dicho primero en español), nos reíamos por las mismas cosas y nos alternábamos las preguntas o comentarios hacia quien hablábamos.

Ah, valga recordar el momento en que llegamos y fuimos a dejar los abrigos, e interrumpimos una conversación. Aprovecho este discreto y humilde blog para pedir perdón a la susodicha pareja, a Andrea y a la zorra de cuarta que se lo intentaba ligar utilizando métodos de atracción como "uuu tengo una prima que está buena y si me besas a lo mejor luego te la puedes tirar a ella". Fuera, putón. Deja paso a las españolas ;)

Después de unos cuantos vasos de vino, a Milena la ofendieron diciéndole que iba medio desnuda. A ese muchacho lo invitamos todos a abandonar la casa de Gran Hermano hasta que lo hizo, segundos más tarde. Somos una piña.

Un grupito de italianos monos hicieron aparición en un momento dado, pero sólo un momento, luego abandonaron, dejándonos plagados de los alemanes y 3 o 4 italianas. Así que anduvimos hacia la discoteca acordada, pero después de pagar el guardarropía decidimos que preferíamos otro bar. Cogimos las cosas y nos fuimos.

Entramos en "Traskal", un bar perfecto: música buena, cierra más tarde de las 4.30 (hora en que abandonamos), y lleno de muchachos amables que te traen cervezas. Algunos no te la traen, pero puedes cogérsela de las manos, vaciarla en tu vaso y devolvérsela. Mi gran amiga Milena y yo, después de un tequila con Andrea, nos pusimos a la búsqueda de un poco de espacio para bailar y lo conseguimos, aunque intermitentemente. 

La noche siguió su curso, hasta que Milena tuvo problemas con el corazoncito, así que abandonamos, y fuimos los 3 a por un kebab. Parecía que ya se tranquilizaba todo, cuando tuvimos problemas para que nos diesen lo que habíamos pedido y yo había pagado. Como mis amigos estaban liados con no sé qué, tuve que ir yo a ponerme seria con el morito de turno, hasta que nos lo dieron. Y entonces elegimos una mesa grande y nos sentamos, mientras Milena se reía del pobre Sebastian (luego recordó  que era porque le había robado la cerveza, pero en el momento sólo recordaba que ella tenía que reírse de ese pobre chico).

Sólo cabe añadir que nos tocó un falso francés calvo al lado, al que después de mirarme descaradamente durante varios minutos seguidos, tuve que dar un toque de atención, y entonces se puso chulito diciendo que en Francia eso se puede hacer, y que si no me gustaba, que me marchase. La conversación derivó en que los franceses se creen los reyes del mundo y que todos deberíamos hablar su idioma, y en Milena y Andrea convenciéndome de que me callase que aún acabaríamos a puños. Al final lo hice, pero bueno... Tuvo su merecido el imbécil, y además su compañero (también calvo, pero sin tanta pinta de pringada), le miraba con cara de "en qué jardín...". 

Abandonamos el antro, cogimos el metro, las chicas nos marchamos a la cueva B.Chaumont y allí nos partimos un rato, nos pusimos el despertador para ir a hacer la inscripción, dormimos, y nos despertamos a mediodía, con el bureau cerrado, pero varios capítulos de Bref o Skins por ver. Y muuucho por comentar. 

La valoración del momento, sobre las 00.15, en casa de Martina, sobre si coger el último metro o apostarlo todo... satisfactoria. Como no podía ser de otra manera, a su vez. 


lunes, 5 de marzo de 2012

Al principio la única sensación es e que no vas a llegar nunca, el camino es eterno, y lleno de paradas, subidas y bajadas, ratos de espera... Pero para mí, he llegado a París en el momento en que salgo de la estación Cité Universitaire - RER B. Aunque reconozco que un rato antes, al ir pasado las paradas desde dentro del vagón, la mente se va preparando para el momento.

Los sentimientos se contraponen. Por una parte, y esta vez más, y más claro que nunca, la pena de dejar Barcelona, con lo que significa para mí: la familia y Manu. Eso hace que Paris lleve una pequeña connotación de tristeza. Además, en la línea de lo malo, es fácil añorar en seguida la buena educación (quién lo diría) de los barceloneses, y en general la tranquilidad. Llegar a Paris, desde el momento en que aterrizo, es incomodidad, gente corriendo hacia todos los lados, peste...

Pero todo eso queda atrás cuando salgo de la estación, como he dicho, y sólo veo los edificios de la Cité, y el cielo tan característico de Paris (que no había visto hasta entonces, sino sólo el subsuelo por el que pasan los trenes). La Cité, vista por primera vez desde mi último viaje, me conmueve. Siento la independencia con todas sus letras, me siento un individuo que no necesita a nada ni a nadie, sino que hace su vida a pequeños pasos que nadie percibe. Es todo un sentimiento erróneo, porque vivo aquí con una tarjeta contra una cuenta que se rellena en Barcelona, pero eso no me viene a la cabeza, sino sólo "MI casa". Es como el orgullo y a la vez la satisfacción de que ese conjunto de edificios siga ahí, me esté esperando y yo tenga la llave que abre las puertas, y desde ese momento ese volverá a ser mi domicilio hasta que me vuelva a ir.

Aún así, reconozco que vivir sola me gusta, pero siempre voy a preferir estar con alguien durante todo el día y sobre todo la noche... Suerte del ordenador, que es como mi balcón que da al mundo, sea para conectarme a mis compañeros en el erasmus, para poder hablar con mi gente de Barcelona, o sea para estar informada o distraída mediante toda la oferta que brinda internet.

Sigo con el corazón dividido, quiero volver a Barcelona, echo de menos mi vida normal, pero a la vez no quiero dejar de vivir en Paris.